viernes, 4 de diciembre de 2015

MEDIO AMBIENTE



En su afán por mejorar el medio ambiente con fines agrícolas, el hombre tuvo que decidir sobre la intensidad de uso del suelo. Las formas de uso pueden variar desde aquellas en que la parcela abierta al cultivo, se utiliza únicamente por 1 o 2 años y después se abandona; hasta una forma muy intensa en la que la parcela se cultiva sin interrupción año tras año (Borserup, 1965). En la intensidad de uso de la Tierra pueden intervenir factores como el crecimiento demográfico, el grado de fertilidad del suelo, el tipo de especies que se cultivan; la frecuencia de ciclos agrícolas; el grado de uso de abono; los métodos de siembra y las prácticas agrícolas, entre otras (Rojas, 1985). Con el propósito de darle un uso más frecuente del terreno, el hombre prehispánico recurrió a tecnologías cada vez más avanzadas como fue la edificación de terrazas y bancales, para la conservación del suelo y un mejor aprovechamiento del agua; de igual modo construyo pozos, presas y canales para utilizar adecuada y oportunadamente el agua en la agricultura; y cuando llego el momento de rescatar terrenos de las zonas pantanosas para incorporarlas a la actividad agrícola, también lo consiguió con mucho éxito (García, 1985; Winter; 1985 y Dahlin, 1985).

El hombre prehispánico sabia que una amplia variabilidad genética en un terreno cultivado podía maximizar la productividad y al mismo tiempo, minimizar los riesgos. En el trópico húmedo por ejemplo, llego la conclusión de que el sistema de policultivo era el más conveniente porque en esta forma se hacia un uso más eficiente del espacio; del agua y de los nutrientes disponibles; la mayor dispersión de los individuos intraespecificos en el área cultivada desalentaba a las plagas; la cubierta vegetal protegía al terreno de los daños de la erosión provocados por el agua de la lluvia y los vientos; había una mayor posibilidad de producción cuando se presentaban periodos de sequia y se disponía de una variedad de productos vegetales a lo largo del año, evitando así el tener que almacenar los excedentes agrícolas por periodos largos de tiempo (Dahlin, 1985). En cambio de las zonas templadas o frías la asociación de cultivos también era exitosa, pero los ciclos biológicos de las especies se tenían que completar entre los meses de abril y octubre, debido a la presencia de heladas en los otros meses del año (Rojas, 1985).
Como se ha mencionado, la agricultura en México tiene una antigüedad que va mas allá de los 10000 años A.P.; sin embargo, muchos de los adelantos tecnológicos a los que nos hemos referido en este no sobrepasan los 3000 años A.P. (García, 1985). En virtud de que estos adelantos tecnológicos fueron los más relevantes para el desarrollo cultural del hombre prehispánico y se alcanzaron en un periodo de tiempo relativamente corto, se infiere que hace 3000 años A.P. la enseñanza y la investigación agrícolas, a nivel institucional, ya se había iniciado. Esta idea se fortalece por el hecho de que al iniciarse esta misma época, en Chalcatzingo, Morelos, México, se esculpió la estela denominada EL REY donde se hace referencia, en forma muy precisa, a los movimientos de la Tierra (Miranda, 1991). Por otro lado, es notable observar que el plano rector de Teotihuacán, México, cuya antigüedad se remonta a 2100 años A.P. (García, 1985).
No se puede negar que gracias a la enseñanza y la investigación agrícolas, el desarrollo cultural precolombino se aceleró, pero manteniendo siempre una estrecha armonía con la naturaleza, como lo atestiguan los siguientes ejemplos: La asociación de cultivos donde la competencia y la cooperación fueron igualmente importantes para lograr el éxito del sistema; los grandes avances que se alcanzaron en la conservación de suelos mediante la construcción de terrazas, bancales y presas; la recuperación de suelos en áreas pantanosas para incorporarlas a la agricultura; la elaboración de infraestructuras adecuadas para maximizar el uso del agua de riego; las formas de predecir el tiempo y la conservación de alimentos para evitar catástrofes en periodos de sequia; la distribución equilibrada de la población humana en las zonas agrícolas; el establecimiento de caminos para facilitar la intercomunicación y el comercio entre los pueblos; el desarrollo evolutivo de la cerámica; el constante incremento de usos de las especies; el desarrollo de las artes, etc.

    

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